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  • Psic. Julia Borbolla

¿Hasta dónde es "normal" que los hermanos se peleen?

Cada vez que pregunto a una mamá cómo se llevan sus hijos entre sí, recibo muchas veces la misma respuesta: “Se quieren; pero pelean como todos los hermanos”


¿Será verdad que todos los hermanos pelean? ¿Hasta donde el pleito puede considerarse “normal”?


Sería muy difícil dar una respuesta general, porque existen familias con un trato mucho más “suave o cordial” que otras. Lo que si puedo generalizar es que a las mamás no nos gusta que nuestros hijos se peleen, aunque lo consideremos “normal”. El hecho de verlos como “perros y gatos” nos hace pensar: “Si esto es ahora que son pequeños, ¡Qué será cuando crezcan y yo falte! No se van a volver a ver en su vida”. Pensamos que tenemos que evitar los pleitos por una pelota o por el control de la televisión para que nuestros hijos se quieran y se lleven bien y cuando sean mayores sigan unidos para cuidarse y apoyarse.


Hacemos hasta lo imposible para suavizar los conflictos, hacer justicia o compensar al hijo más débil o más noble; sin embargo nunca he visto que las cosas mejoren con estos intentos ¡Al contrario! Cuando las mamás nos metemos de “réferis” entre nuestros hijos las cosas empeoran y el más grande o más fuerte pega más y más duro, mientras el supuestamente débil grita con mayor fuerza ante la menor provocación del hermano.


¿Cómo saber quién tuvo la culpa? ¿Cómo ser realmente justas? ¿Cómo hacer que se quieran, que se ayuden y que compartan?


HE AQUÍ LAS RESPUESTAS:

¿Cómo saber quién tuvo la culpa?

A menos que hayas presenciado el pleito desde el principio, no sabrás a ciencia cierta quién es el verdadero culpable, porque entre hermanos hay códigos, estrategias y habilidades diferentes que una mamá no descubre a primera vista.


No pierdas el tiempo buscando al culpable, mejor ocúpate de encontrar la solución. Si se están golpeando no importa saber ya quien empezó sino evitar que sigan haciéndose daño y para ello lo principal es responsabilizar a ambos por la conducta inadecuada y mandarlos a un lugar especial de casa que será de ahora en adelante su “Rin de box” . No averigües, no discutas, no aceptes que te expliquen o se defiendan, simplemente interrumpe el pleito para trasladar a los “luchadores” al lugar predeterminado para pelear a golpes y verás cono las cosas se diluyen más rápido de lo que piensas.


En mi caso, el Rin de box estaba en el patio, a la intemperie y recuerdo muy bien que con tal de no enfriarse o mojarse si llovía, preferían hacer las paces. El simple hecho de hacer “oficial” el pleito y hacerlos que se vayan al famoso Rin, hace que ellos hagan conciencia de su conducta y alguno desista o ambos prefieran dejarlo para otra ocasión.


¿Pero si uno es mucho más pequeño que el otro?

Muchas mamás creen que sus hijos mayores pueden lastimar de manera importante al hermano menor. No te preocupes, generalmente estos pleitos “desventajosos” en realidad no los son tanto porque, a excepción de Caín y Abel, no tenemos reportes de grandes desgracias por ellos. Si acaso llegara a ocurrir que al hermano mayor se le pase la mano, éste se dará cuenta de la desventaja y se asustará. Te aseguro que si en vez de regañarlo le ayudamos a que reflexione sobre su fuerza física sobre la del oponente, él solo buscará medirse la próxima vez. Bueno, eso si no hay un adulto enfrente que haga esa reflexión por él. Por su parte, el pequeño sabrá con quien se mete y será más cauteloso en los siguientes enfrentamientos. Al saber que mami no vendrá en su auxilio tendrá que pensar dos veces antes de molestar al hermano grande.


Ambos llorarán menos si saben que su llanto no atrae al adulto defensor como siempre ocurre. Cuando estos pequeños luchadores dejan de tener a mamá, papá o abuelos como público de su espectáculo, dejan de usar el pleito como la mejor forma de obtener atención.


¿Cómo ser realmente justas?

La justicia empieza cuando le damos a las cosas su verdadera dimensión. Hay pleitos de hermanos que son eso: “de hermanos” y la primera injusticia es hacerlos pleitos familiares.

No nos toca meternos en medio de la relación que nuestros hijos tienen porque entonces no permitiremos que sea una relación cercana. Las mamás debemos permitir la complicidad entre ellos y la oportunidad de ajustar cuentas por si mismos porque eso será lo que más adelante les de la base para una relación fraterna sólida y entrañable. Aunque ahora parezca que se odian, en verdad están ensayando lo que es una relación importante y esos pleitos que hoy nos parecen fatales son los mejores recuerdos que ellos compartirán el día de mañana y lo que los unirá hasta hacerse viejitos.


¿Cómo hacer que se quieran, que se ayuden y que compartan?

Permite primero que se relacionen como ellos solos vayan aprendiendo. Haz que entre ellos resuelvan quien se va a quedar con la pelota, quien elegirá la película o quien se quedará con el juguete; pero no te metas en la decisión aunque estés segura de que resultó injusta. Si no llegan a ningún acuerdo, el objeto del pleito queda “confiscado” para los dos. Si hay acuerdo, el que siempre sale en desventaja debe aprender poco a poco a no dejarse del otro y el supuesto abusador tendrá su lección cuando se quede solo y nadie quiera estar con él o cuando el hecho de abusar del hermano deje de ser un medio para molestar a mamá. Es importante saber que muchas veces los hijos pelean para comprobar de que lado se pondrán sus padres.


La mejor manera de que unos hermanos se ayuden y se apoyen es logrando que estén unidos y para eso mamá o papá no deben meterse en medio a “traducir” o “negociar” y mucho menos a “proteger”.


Mientras más te metas a defender, más agredido será tu defendido. Mientras más regañes al fuerte, más débil y sin recursos harás sentir al otro.


Todo es cuestión de que lo intentes durante tres semanas. Haz un esfuerzo y procura no intervenir en los pleitos de tus hijos sino simplemente aislarlos y retirarte de la “escena” para que ellos solos se las arreglen. Verás que en este lapso los pleitos disminuirán.

No esperes que los pleitos desaparezcan. Solo reglaméntalos y procura no presenciarlos. Los hermanos que conviven siempre pelearán y esos pleitos y reconciliaciones son ensayos para la vida, fuera de casa, con los amigos, los compañeros de escuela y después del trabajo.


Durante los años que llevo ejerciendo la psicología he podido corroborar que los hermanos que no mantienen de adultos una estrecha relación, es porque no aprendieron a mirarse de frente entre sí; sino a través de sus padres: “Mira a tu hermano que obediente” “Ayúdale a tu hermanito que no puede” “Dale un abrazo y dile que lo quieres”, etc, etc. Cuando estos padres intermediarios se van, los hermanos quedan sin interlocutores y nunca llegaron a conocerse profundamente. Por el contrario, los hermanos unidos aprendieron desde niños a interpretar gestos, a medir distancias y a emocionarse u odiarse y seguir conviviendo.

Tener un hermano es una riqueza que los padres debemos respetar aunque parezca que nuestros pequeños hijos no han descubierto ese tesoro todavía.

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